Iba en el ómnibus, camino a casa. Adelante mío una mujer escribía. Estiré un poco el cuello, como para leer rapidamente algún pedazo del texto largo que la había visto crear.
Leí, básicamente, la descripción de un cadáver y una escena del crimen. Supuse que era algún tipo de policial, sólo momentos antes de que se diera vuelta y me mirara. Fue, tal vez únicamente, el animalismo de su mirada lo que me hizo volver a recostarme en mi asiento.
Permanecí, ensimismada, sentada y quieta. Una voz me sorprendió a mi lado.
-Buenas tardes- Dijo un hombre, cordial.
No lo había visto sentarse.
Lo analicé velozmente. Traía un traje gastado, una corbata, y una expresión que se me hacía familiar. Y un sombrero. Se lo sacó y lo apoyó en su regazo, mientras yo pensaba que, por algún motivo, los hombres de sombrero me inspiraban confianza.
Él sonrió, como si hubiera escuchado y entendido mi comentario mental.
Recordé, entonces, retazos de una conversación tiempo atrás; y me aferré a esa teoría. Continué, en voz alta, mi mudo razonamiento.
-En las películas- dije, despacio-, el de sombrero siempre es el malo.
Volvió su cabeza al frente, y respondió, solamente:
-Todos somos malos.
Resoplé.
-¿Sos de esa teoría? -solté, más replicando que preguntando. Y cité:- "Nos convertimos en pecadores en el momento en que nacemos...".
-No- caracajeó, y me miró nuevamente-. Soy de la teoría que seas. Si no lo pensaras, aunque sea en el fondo, a mí ni se me pasaría por la cabeza. ¿Somos pecadores desde el momento en que nacemos?
Soplé el pelo que me caía en la cara. No respondí, sino que planteé otra pregunta.
-¿Sos mi conciencia, o algo así?
-Algo así- susurró-. Si querés decirme conciencia... Decime conciencia.
Sopesé la idea, una vez más, del Übermensch interno. Uno que supiera todo, y no se cuestionara las verdades evidentes o contradijera los axiomas. Las lecturas de Nietzche definitivamente dejaron algo en mi mente, y, sumadas a mis propios divagues, habían logrado convertir mi concepto de "conciencia" en "la versión idealizada de todos nosotros, opacada por la realidad".
Él soltó una carcajada.
-¿Cón cuál me compararías? ¿Con qué ejemplo de superhombre?
-No sé, con Goethe - dije, después de unos segundos de meditación-. Es el que me cae más simpático.
-¿No te cae simpático Jesucristo?
Fue una pregunta totalmente injustificada, y no se me ocurrió una respuesta coherente.
-No era poeta - sonreí-. ¿No tenés nombre?
-El que quieras darme. Ya que estamos, me podés decir Goethe -guiñó un ojo.
-No- respondí-. No suena lindo. No suena muy Übermensch, ni muy mi conciencia. Serías más el Fausto de Goethe.
Frunció el entrecejo.
-Si vamos por esa, puedo ser el Dorian Gray de Wilde.
Entonces lo miré, por primera vez, con más atención. No era mi imagen de Dorian Gray, ni similar. El que yo había leído era la perfección planteada por alguien más. Éste era más similar a el Dorian Grey que yo hubiera escrito.
-Me gustan los nombres de ciudades- dijo, minutos más tarde-. Son... impersonales pero coloridos. Como el olor de la navidad, o el del verano. El olor del verano...-suspiró-. Es tan terriblemente amarillo.
Entonces entendí que él no era más que el lado divagante de mi mente situado en otra persona, para que yo lo viera. El tono de su voz, su sonido, era el mismo con el que yo imagibana las frases de lord Henry, y su mirada cálida pero fría no era otra sino la de Kirtash.
Esperé a que siguiera hablando, pero no dijo más nada. Se entretuvo doblando su boleto. Dos o tres minutos más tarde, durante los cuales el pedazo de papel fue mamífero, vehículo y vegetal, me tendió un pajaro de dobleces. Esbocé una sonrisa y lo guardé en el bolsillo de mi campera.
-No quiero darte un nombre- dije, entonces.
Demoró en hablar.
-¿Teorías liberalistas?
-Claro.