Martes.
Nos estábamos yendo. En cierto momento miré al lado mío y ALejandra no estaba. Me di vuelta.
Alejandra, muy coherentemente, estaba persiguiendo una paloma.
-¿Qué hacés?- pregunté, con ese tono que se le da a las preguntas para que no sean exactamente una pregunta, sino una afirmación sin afirmación en absoluto.
Me miró, con tristeza.
-Le falta un ojo, y no vuela- intentó agarrarla, pero la paloma se movió-. Tomá, ¿me sostenés?
Agarré la campera y la mochila que me tendía. En nuestra aparentemente inútil persecución, habíamos vuelto a la puerta del liceo. Y la poca gente que había por ahí nos miraba algo extrañada. Entre ellos, uno que es amigo de un amigo mío, con el que yo había interactuado un par de veces. Le había pedido al amigo mío que tirara su paquete de rocklets a la basura, pero le dijo que no y me lo dio a mí.
En fin.
Me aburrí de ver los vanos intentos de mi compañera de crimen, por lo que tuve que intervenir.
-Si lo vas a hacer hacelo bien- dije.
Dejé todas las cosas -su mochila, su campera, mi mochila- al cuidado de mi casi amigo Bruno y dui a la caza de la paloma.
Llegué a tocarla un par de veces.
La paloma me esquivó yéndose a la calle, el único lugar que veía con su único ojo, y se metió abajo de un auto. Tuve que pedirle al conductor que no arrancara. Me tiré a la vereda y miré cómo la paloma enfrentaba su muerte.
-¿qué ruido hacen las palomas?
-Prrrrr- contestó Bruno, observándonos y aguantándose la risa.
-Sos una morbosa de mierda- se quejó Ale-. No podés mirar mientras la matan.
-No la va a matar, boba- repliqué-. Ya se movió- me dirigí nuevamente al conductor-. Arrancá ahora.
La paloma atravesó la calle, luego de otra experiencia similar. Ya del otro lado de la vereda, se metió en un lugar bastante inaccesible para los humanos.
Alejandra intentó sacarla empujándola con la mano. No pudo. Probó con palitos. Entonces a mí se me ocurrió algo. Corrí hasta mi mochila, del otro lado de la calle -cruzando, como siempre, de la manera más inconsiente del universo-, y saqué mi cinta de pare. Como está enrollada, es bastante fácil estirarla. Y como son cuatro metros, se puede estirar por lo menos uno sin que se doble.
-Probá con mi espada de jedi- le dije, y se la di.
Cuando la paloma ya estaba a nuestro alcance, la acorralé. Segundos más tarde, la tenía en una mano, y la miraba sin tener idea de qué iba a hacer a continuación.
-Pobre- lloriqueó Alejandra-, le tiraron yerba. ¿un veterinario? Le falta un ojo y no vuela.
-No sé dónde hay veterinarios.
Aún así, caminamos un par de cuadras. Le preguntamos a una mujer cualquiera si tenía idea de dónde podíamos encontrar alguien que nos asista.
-En la calle Michigan- respondió-. Vas por ahí, y doblás a la derecha.
Caminamos por Pilcomayo rumbo a la veterinaria.
En eso se nos ocurrió ponerle nombre.
-Carlos- propuso ella-. Porque es tu paloma y vos sos Carolina.
-¿Carlos?- repetí-. Mmh. No. Que se llame Arquímedes.
-¿

or qué?
Sonreí.
-Por el búho de Merlín.
Finalmente llegamos a una veterinaria.
Hablé.
-Encontramos una paloma. No vuela, creo que tiene algo en un ala. ¿Hay algo que se pueda hacer?
Se sacó el cigarrillo de la boca, y contestó:
-No, no nos especializamos en palomas.
Entonces volvimos. En Orinoco, Arquímedes decidió caerse y huir. La volví a atrapar, de todos modos. Le pedí a Ale que entrara en un almacén y pidiera una caja. Así no la tenía que llevar en la mano, que ya sudaba debido al calor de la paloma.
Salió con un pedazo de cartón. Definitivamente NO una caja.
Volvimos al liceo, donde muchas personas me gritaron que suelte a mi buen amigo Arquímedes. Algo de una peste.
Entramos al salón de quinto biológico -donde no conocemos a nadie- y preguntamos si alguien quería hacer algo por la paloma. Obviamente, no.
Me metí de contrabando con el animal adentro del edificio central, camino al laboratorio de biología. El plan era dejar al elemento respirante sobre una mesa y tomárnoslas. Estaba cerrado.
Nos encontramos con mi profesor de geografía, quien nos dijo que, si esperábamos como tres horas, él la llevaba a la facultad de veterinaria.
No esperamos tres horas.
Dejamos a Arquímedes en un lugar un poco más seguro del que la enocntramos y nos fuimos.
Que descanse en paz.